Alejandro Atienza

Sobre Carroña
De Alejandro Atienza Martínez

«Vida y muerte comparten la senda. Morir para alimentar, para ser y continuar.»
Alejandro Atienza Martínez

La naturaleza animal puede ofrecer imágenes de una violencia extrema o que nosotros consideramos como tal. Es la vida un lugar donde necesariamente debe haber muerte, putrefacción. Hay en todo ello una extraña belleza si somos capaces de aislar tales escenas de nuestro imaginario simbólico y moral. Es más, hay quien ve en todo ello una belleza funcional increíble, como la que protagonizan las aves necrófagas cuando sobrevuelan los cadáveres de aquellos animales que permanecen inertes sobre los pastos en los territorios de interior, cada vez más despoblados.

«El buitre es una bestia que pertenece al pasado», asegura Francisco Ferrer Lerín, poeta y ornitólogo, y un observador nato de esa naturaleza que captura Alejandro Atienza Martínez en su proyecto Carroña, que nace, como él mismo afirma, «de la experiencia de vivir durante varios años en una de esas comarcas tan despobladas». Como Ferrer Lerín, Atienza se interesa por su entorno, que considera indómito, y es a partir de ese proceso de adaptación y aprendizaje —que comprende a su vez el entendimiento y empatía hacia las gentes que habitan estos lugares— que se asombra con la crudeza de la vida salvaje, encarnada en el grupo de buitres que vuela en círculos cerca de ese territorio, de ese pueblo.

«Poco a poco descienden, atraídos por algún cadáver. Mi curiosidad los ahuyenta y compruebo que se trata de un jabalí, apenas catado», explica, y prosigue: «El terreno está removido, más de lo normal, como si al animal le hubiera costado aceptar su destino». Existe en esta escena una descripción que bien podría considerarse parte de una especie de estética que ya el filósofo francés Hicham-Stéphane Afeissa llegó a dilucidar en su obra Esthétique de la charogne (Éditions Dehors, 2018, París), y que requiere «que la naturaleza sea vista como un escenario de fermentación y maduración permanente». Es una imagen macabra en algunos sentidos, sí, pero es una imagen natural, una imagen que ejemplifica el ciclo de la vida, que se repite «ajeno a las sensibilidades de aquellos que apartan la mirada si algo no es bello», en palabras del propio Atienza, quien a través de este trabajo ha asimilado, en cierta forma, que el ritmo de la vida, de la naturaleza, sigue y seguirá siempre, y que vivimos en un mundo «donde las fuerzas a las que sucumben los organismos individuales son los mismos que determinan esencialmente el surgimiento de la vida en todas sus formas», tal y como remarca Afeissa.

Los paisajes del interior siguen su ritmo, afirma el fotógrafo de San Sebastián, un ritmo «de vida y de muerte», que «late sobrio y para sereno».

Eric Gras